Quiero compartir con ustedes lo que mi tía Lucha me enseñó y por qué la quiero tanto.He admirado en ella la fuerza para hacer las cosas a su manera, su originalidad de mujer auténtica y valiente.
Era la tía bonita, siempre.
Cuando yo era chica y me enseñaba sus consejos de belleza: el agua de lluvia es mejor para el cutis de la cara que el agua de la llave…
Y ella se arreglaba, coqueta y estupenda para ir a trabajar a su oficina en el centro de Santiago.
Bella cuando, ya más vieja, vestida y peinada a su manera, con su moño a la rápida y con esas manos vikingas de los Brûlé, recorriendo el jardín precioso de Buin donde todos hemos echado algunas raíces, me hablaba del cuidado de la clepia y del clavel del aire.
Que recoja piñones, me decía, “lleva más piñones, Chabelita…!”
Y se me antojaba entonces que ella tenía la belleza sobria de la araucaria.
Pero sobre todo quiero compartir con ustedes lo que la tía Lucha me enseñó estos últimos días, algo muy profundo, que se transmite mal con palabras.
Más allá de su delgadez extrema en el hospital, me fue revelando la belleza conmovedora de la serenidad y la pureza que fue progresivamente alcanzando en preparación a dejar su cuerpo.
Entonces, lo que yo había visto en los libros sobre la vida y la muerte, lo que yo quería que fuera cierto, mi tía Lucha me lo enseñó silenciosamente, ahí en el hospital, cuando se fue calmando y desapegando, al verla tranquila y luminosa, reconciliada, libre, liviana como una paloma, y de veras más hermosa que nunca.
Muchas gracias Luchita, te queremos mucho.
Louise Brúlé Goulart falleció durante la madrugada de un sábado de febrero 2007.